Yara, que tenía quince años, y su primo Adam, que tenía trece, pasaban el verano con su abuela. Una mañana ella le puso unas monedas en la mano a Yara y le dijo: «Id a comprarme azafrán al viejo mercado, por favor». Ninguno de los dos primos estaba dispuesto a ser el primero en preguntar el camino, así que se separaron, cada uno convencido en secreto de que encontraría antes que el otro el puesto adecuado, y los dos demasiado orgullosos para ver que el plan tenía un fallo.
El fallo era el mercado. Era un laberinto de callejuelas estrechas, ruidoso por los vendedores que pregonaban sus precios y cargado de olores a comino, cuero y pan caliente. Los sacos de especias eran tan altos como niños, de los toldos colgaban ollas de cobre como campanas, y la luz caía en monedas por los huecos de los tejados. A los diez minutos, los dos primos estaban irremediablemente perdidos. Varios comerciantes se compadecieron de ellos y les dieron indicaciones más alegres que claras, y cada uno estaba absolutamente seguro de tener razón.
Por pura casualidad, Yara y Adam fueron a parar los dos, con una hora de diferencia, a un diminuto puesto de té que llevaba una chica de su edad. Se llamaba Sara. Les sirvió té caliente y dulce, les dibujó un mapa en una servilleta y se negó rotundamente a cobrarles, como si el té fuera un asunto entre viejos amigos. Llegaron a casa tarde, con el azafrán a salvo en un cucurucho de papel y una historia que contar. La abuela se rio hasta tener que secarse los ojos. «¡Yo fui al colegio con la abuela de Sara!», dijo.