Elena tenía cincuenta y dos años y nunca había subido a un avión. Su hijo vivía lejos, y su bebé, su primer nieto, tenía tres semanas. Tenía un billete para un vuelo de tres horas, y en la puerta de embarque le temblaban las piernas.
En el asiento de la ventanilla, el 14A, estaba Teo, un niño de ocho años con una tarjeta colgada del cuello, que viajaba solo hacia su padre. «¿Quieres la ventanilla?», preguntó con calma. «Ya lo he hecho seis veces». Al despegar, Elena se agarró al reposabrazos y cerró los ojos. «Despegar es solo el avión corriendo muy rápido hasta que al suelo le aburre», dijo Teo. Ella se rio.
A los cuarenta minutos de vuelo hubo turbulencias: el vaso de la bandeja bailaba y se encendió la señal de los cinturones. «No tengas miedo, yo te cuido», dijo Elena con voz firme, y le tomó la mano. «No tengo miedo», dijo Teo con una vocecita. «Te tomo la mano porque pareces asustada». Se miraron y estallaron en carcajadas, porque cada uno había fingido ser valiente por el otro.
Después contaron juntos los baches y pusieron nombre a las nubes. Al aterrizar, una azafata llevó a Teo con su padre, y él se volvió y gritó: «¡Esa señora fue muy valiente!». «Lo fue», dijo Elena, todavía temblando.
En la llegada, su hijo estaba de pie con un pequeño bulto envuelto en una manta azul. Elena tomó a su nieto en brazos. «He volado», susurró. «He volado por ti».