La señora Okoye trabajaba en la oficina de objetos perdidos de la estación central. Decía que todo objeto tiene un hogar.
El martes por la tarde un revisor trajo un estuche de acordeón gastado. No tenía nombre. «Huele a mar», dijo la señora Okoye. «Hay tres granos de arroz, así que estuvo en una boda. Y una etiqueta rota: “…vel, Reparaciones, Puerto V…”».
Llamó al taller de Puerto Villa. «Es el acordeón del viejo señor Welka», dijo el reparador. «Toca en todas las bodas de la costa». El señor Welka tenía setenta y seis años, y la boda de su nieta era al día siguiente a mediodía. El último tren salía a las ocho y cuarenta.
La señora Okoye cerró la oficina y llevó el acordeón sobre las rodillas. A las once de la noche el señor Welka abrazó el estuche. Al día siguiente ella estaba en la boda.