La tía Mei tenía un puesto de fideos en el mercado nocturno, bajo una ristra de farolillos rojos, y en treinta años no había cambiado ni una sola cosa. Todos los clientes recibían exactamente el mismo cuenco de fideos y exactamente el mismo chiste: «¡Cuidado, los fideos están calientes, pero mis chistes están fríos!» La gente protestaba con un gruñido, y volvía todas las semanas.
Una noche, un hombre con un abrigo caro pidió los fideos más baratos de la carta y empezó a escribir en una libretita. La tía Mei se fijó en la libreta, y se fijó en sus zapatos relucientes, que claramente no habían conocido un charco, pero le dio el mismo cuenco y el mismo chiste que a todos los demás. Comió despacio, con la concentración de quien desactiva una bomba. Cuando se terminó hasta la última gota de caldo, dejó los palillos y dijo: «Soy un famoso crítico gastronómico. ¿Cuál es su secreto?» La tía Mei se encogió de hombros. «Caldo caliente, gente con hambre y no cambio por nadie», dijo.
Él le dio cinco estrellas. Ella nunca leyó la reseña, pero sus clientes habituales se lo contaron, y estaban muy orgullosos. La semana siguiente la cola era el doble de larga, y la tía Mei contó el mismo chiste.