En una ciudad de mucho tráfico vivía un cuervo al que le encantaban las nueces, aunque las cáscaras eran demasiado duras para su pico. Durante semanas saltó de aparcamiento en aparcamiento, hambriento y frustrado. Entonces, una tarde, vio que un coche pasaba sobre una nuez caída en la calzada. Se oyó un crujido seco, la cáscara se partió y el cuervo lo comprendió.
Desde ese día tuvo un plan. Llevaba una nuez al paso de cebra, la soltaba en el camino del tráfico y subía al semáforo a esperar. Los coches pasaban sobre la nuez y la rompían. Luego el semáforo se ponía en rojo, el tráfico se detenía y los peatones empezaban a cruzar, y ese era el momento en que el cuervo bajaba de un salto, tranquilo y sin prisa, a recoger su almuerzo.
Un anciano llamado señor Sato, que daba de comer a los gorriones en un banco junto al paso de peatones, observaba esta función todos los días. Al principio apenas podía creerlo. A las pocas semanas empezó a traer nueces propias y a colocarlas en la calzada, como si formara parte del plan. Años después el cuervo regresó al paso de cebra con sus crías y les enseñó exactamente el mismo truco.