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La puerta en la pared

The Door on the Wall

C2 · Proficient · 2 min read

Paloma era pintora callejera. Al final de un callejón estrecho había una pared gris y vacía, y una mañana pintó en ella una puerta. Era verde, con un picaporte redondo de latón al que dio brillo con unas pinceladas de amarillo y blanco, y una ranura para cartas. Los niños de camino al colegio llamaban a la puerta y esperaban, fingiendo con gran seriedad que se abriría.

Tres semanas después el señor Duarte, un concejal de cincuenta y cinco años, firmó una orden. El lunes se volvería a pintar la pared de gris, porque una puerta que no se abre es «una mentira en una pared».

Pero el sábado por la mañana Paloma encontró notas metidas en la ranura pintada. «Buenos días, puerta». El dibujo de un gato hecho por un niño. Alguien había puesto debajo de la ranura pintada un buzón rojo de verdad, y el domingo por la noche tenía cuarenta cartas con deseos, agradecimientos y dibujos, todas dirigidas a «La Puerta Verde», como si la pared, una vez que le dieron una entrada, hubiera estado esperando compañía desde siempre.

El lunes el señor Duarte fue a ver trabajar a los pintores. Por curiosidad abrió el buzón, y entre las cartas encontró una dirigida a él, escrita con cera: «Querido señor Duarte, por favor no cierre la puerta. Sami, siete años». La leyó dos veces, la dobló con cuidado y dijo a los pintores que se fueran a casa. Paloma, que miraba desde el final del callejón, no dijo nada; fue al mercado y volvió con un felpudo de verdad, que puso delante de la puerta.

A la mañana siguiente había una carta más en el buzón. Era del concejal: «Querida puerta, siento haber estado a punto de cerrarte».

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