Brasa era un dragón joven y no sabía echar fuego. Solo tosía, y unas chispas del tamaño de guisantes saltaban de su boca. Los dragones grandes de la montaña se reían. «Brasa, tú no podrías encender ni una vela».
En pleno invierno bajó de la montaña de noche, bajo la nieve, hasta un pueblo de cuarenta casas. Todas las ventanas estaban oscuras. La panadera, la señora Marsh, una mujer de sesenta años, estaba sentada envuelta en una manta junto a su horno frío. «La tormenta metió nieve por la chimenea», dijo. «Las cerillas están mojadas y por la mañana no habrá pan».
No tenía miedo de un dragón. «¿Sabes encender un horno?».
«Solo sé toser chispas», dijo Brasa.
«Entonces tose», dijo la señora Marsh.
Las chispas se apagaban sobre los troncos mojados. El fuego de un dragón grande habría quemado toda la panadería, pero unas chispas diminutas se podían ir avivando poco a poco. La señora Marsh le dio virutas secas, y él tosió toda la noche. Al amanecer el horno brillaba y todo el pueblo vino a comer pan caliente. La señora Marsh colgó un cartel en la puerta: «Brasa, encendedor oficial de hornos». Sus chispas tenían justo el tamaño correcto.