En un bosque de invierno las noches eran largas y el cielo estaba cubierto de nubes. Una tarde el zorro vio el farol del leñador colgado de un clavo junto a su cabaña. Lo cogió con los dientes y lo llevó a su madriguera, muy orgulloso. Nadie más en el bosque tenía una luz propia.
Mientras tanto, los otros animales tropezaban en la oscuridad. El erizo rodó a una zanja, el búho chocó con una rama y una familia de conejos se llamaba a gritos sin encontrar el camino a casa. El zorro los oía desde su madriguera, y las orejas le temblaban, pero no quiso compartir.
La tercera noche, solo en la madriguera, la luz le pareció pequeña. Le mostraba su madriguera vacía, su propia sombra enorme en la pared y nada más. La cuarta noche la llama se encogió, parpadeó y se apagó, y la madriguera quedó más oscura que nunca.
Por la mañana el zorro, avergonzado, llevó el farol frío de vuelta a través de la escarcha y lo dejó a los pies del leñador. El leñador solo dijo: «Tenía sed». Lo llenó de aceite y no volvió a colgarlo de su clavo, sino en el cruce de caminos del bosque, donde se encuentran todos los senderos y todos los animales pueden verlo. Aquella noche el erizo, el búho, los conejos y el zorro se sentaron juntos debajo, y el erizo se apartó para hacerle sitio al zorro. Todo el invierno el zorro se sentó bajo la luz con los demás. Una luz guardada en una madriguera es pequeña, pero colgada en el cruce de caminos es lo bastante grande para todos.