Cuentan que en un valle tan hondo que el sol tardaba una hora en llegar al fondo, el sol dejó de salir una vez. La colina del este siguió negra, y el gallo cantó tres veces, carraspeó y se dio por vencido. Durante tres días el pueblo vivió en plena noche. Hizo frío, las vacas dejaron de dar leche y los hombres más valientes murmuraban que el mundo se había acabado.
Por fin subieron a la colina con tambores y cuerdas, gritaron, golpearon sus ollas y bajaron muy pálidos. «Hay una montaña allí arriba que antes no estaba», dijeron. «Y respira».
Mira era una niña de nueve años que daba los buenos días a todo: a las vacas, al puente, al viejo pozo. La tercera noche envolvió una hogaza de pan caliente, llenó una jarra de leche y subió sola a la colina. La montaña era, en realidad, un gigante, que estaba sentado con la barbilla sobre las rodillas y los ojos cerrados.
«Buenos días», dijo Mira. «Disculpe, señor. Creo que está sentado sobre el amanecer».
El gigante abrió un ojo, grande como un estanque. «¿Ah, sí?», dijo. «Me senté hace tres días a descansar. Todos me gritaron, así que pensé que nadie me quería aquí». Se levantó con un gruñido que hizo temblar el suelo, pasó a la colina de al lado y se sentó otra vez con toda la suavidad que pudo, y por el hueco salió el sol y derramó oro en el valle.
Aquella loma se sigue llamando la Silla del Gigante. Cada mañana Mira lo saluda con la mano, y él le devuelve el saludo. Algunos dicen que allí el sol sale unos minutos tarde, porque al gigante le gusta esperar los buenos días de Mira.