Cuenta la historia que el café debe su existencia a un cabrero llamado Kaldi, que vivía en las tierras altas de Etiopía mucho antes de que a nadie se le ocurriera dejar por escrito estas cosas. Una tarde sus cabras se negaron a comportarse como animales sensatos. En lugar de acomodarse para la noche, brincaban y retozaban a la luz de la luna, despiertas del todo y visiblemente encantadas consigo mismas. Kaldi, que nunca las había visto tan animadas, se puso a buscar la causa, y no tardó en encontrarla: las cabras se habían dado un festín con las bayas rojas y brillantes de un arbusto en el que él jamás había reparado.
Siendo un joven curioso, probó unas cuantas bayas. Una agradable inquietud le recorrió los miembros, y sintió que habría podido caminar hasta el amanecer. Ansioso por compartir su hallazgo, corrió al monasterio de la colina vecina y se lo contó todo al abad.
El abad, hombre cauto, no se dejó seducir. Juzgando las bayas peligrosas, cuando no diabólicas, las arrojó al fuego. Lo que ocurrió después sorprendió a todos: en lugar del hedor de lo quemado, una fragancia cálida y asombrosa llenó la sala. Los monjes se reunieron alrededor, sacaron los granos tostados de las brasas, los molieron y vertieron agua caliente sobre ellos. Aquello, insiste la leyenda, fue la primera taza de café, y los monjes, a quienes siempre les había costado mantenerse despiertos durante sus largas oraciones nocturnas, se aficionaron a ella enseguida. Si hay una palabra de verdad en todo esto, nadie puede decirlo, pero sin duda es una historia digna de un brindis.