Anya tenía veinticuatro años y viajaba en el tren nocturno a la ciudad de su hermana. Salía a las diez de la noche y llegaba a las 5:40 de la mañana. En la primera estación, un hombre alto con un abrigo gris estaba en el andén y la miraba fijamente, y Anya, que no era desconfiada por naturaleza, sintió un escalofrío en la nuca.
Una hora después estaba en el vagón restaurante, dos mesas más allá, estudiando su té. A medianoche estaba en el pasillo. Más tarde se quedó un buen rato delante de su compartimento, sin hacer nada en absoluto, lo cual era, de algún modo, peor. Anya se cambió a otro vagón, luego a otro, pero cada vez que levantaba la vista, allí estaba el abrigo gris. Se lo contó al revisor, el señor Berg, que la escuchó con seriedad. «Le echaré un ojo», dijo.
A las 5:40 llegó el tren. Anya saltó y se apresuró por el andén, con el corazón latiéndole deprisa. Detrás de ella oyó pasos que corrían. «¡Señorita! ¡Señorita, espere!» Corrió más rápido. Entonces una mano le tocó el brazo, y ella se dio la vuelta, lista para gritar.
El hombre del abrigo gris estaba doblado por la mitad, completamente sin aliento, con un pequeño monedero verde en la mano. «Se le cayó esto en la primera estación», dijo jadeando. «Llevo desde las diez intentando dárselo. Usted cambia de vagón muy rápido». Dentro estaban su pasaporte, su dinero y su billete de vuelta. «Me llamo Olek», añadió. «He recorrido once vagones y me duelen los pies». Detrás de él, el señor Berg sonreía. «Me preguntó nueve veces cuál era su compartimento», dijo. «Le dije que no era asunto suyo». Anya se echó a reír, en parte de alivio, y luego les invitó a los dos a un café.