La campaña para la alcaldía del pueblo había estado dominada desde el principio por un único tema, el aparcamiento, sobre el que los dos candidatos mantenían posturas opuestas e igualmente inamovibles. Lo discutían en el desayuno, lo discutían en la plaza y lo discutían, según los rumores, hasta dormidos. Los vecinos, obligados a escuchar, se habían cansado de una manera que ninguna cantidad de café podía curar. En ese ambiente, un grupo de adolescentes aburridos imprimió una tanda de carteles con el retrato del señor Bigotes, el vasto gato naranja del panadero, y los clavó en todas las paredes disponibles. «Vota a Bigotes», anunciaban. «No tiene opinión sobre el aparcamiento».
Se pensó como una broma, y quizá por eso funcionó. El día de las elecciones los vecinos, agotados de tanto griterío, desfilaron por el colegio electoral, echaron un vistazo a los dos serios caballeros de la lista y, encogiéndose de hombros todos a la vez, escribieron el nombre del gato. Ganó por 212 votos. El ayuntamiento convocó una ceremonia solemne, en la que se entregó al nuevo alcalde una diminuta banda ceremonial. La recibió bostezando.
Su gestión se distinguió por una refrescante resolución, lograda enteramente durmiendo sobre el documento que tuviera más a mano. Las reuniones se trasladaron a la panadería, donde el aire era cálido y el pan, gratis, y terminaban puntualmente a las cinco para que nadie se perdiera la cena. Apareció un puesto de pescado en la plaza. Y en cuanto a las disputas, fueron menguando hasta morir, pues jamás se ha registrado que nadie siguiera enfadado mucho tiempo en presencia de un gato que se ha instalado sobre el orden del día.