Una tarde llegó un mercader a un pueblo del desierto. Llevaba una jarra de plata. «Vendo luz de luna», dijo. Los ricos le ofrecieron oro, pero él negó con la cabeza.
Una niña pobre llamada Safiya no tenía oro. Solo sabía una nana que su madre solía cantar. La tarareó en voz baja y la jarra empezó a brillar. El mercader sonrió. «La luz de luna no se puede comprar», dijo. «Solo se puede compartir.» Le dio la jarra y se fue.
Aquella noche Safiya abrió la jarra en su tejado. Una luz suave se extendió por todo el pueblo. La gente se sentó en silencio bajo ella y los niños se durmieron.