La nieve llegó sin avisar. En un momento cuatro excursionistas cruzaban una cresta bajo un sol tenue y al siguiente caminaban dentro de un muro blanco: Ida, una enfermera que había pasado la semana de guardia nocturna y solo quería silencio; Jonas, un estudiante; su hermana pequeña Pia, que tenía nueve años y había insistido en venir; y el señor Lee, un profesor jubilado que llevaba cuarenta años subiendo a aquella montaña y lo mencionaba, en voz baja, solo cuando se lo preguntaban. Ya no veían el camino, el viento arreciaba y Jonas, que había propuesto el atajo, se había quedado muy callado. Entonces Pia señaló algo. Entre la nieve se alzaba un diminuto refugio.
Dentro había una estufa de leña, una vela y una baraja de cartas, y nada más. Pero cada uno había llevado un poco de comida: fideos, una cebolla, una pastilla de caldo y un trozo de queso. Ida encendió la estufa, Pia cortó la cebolla con mucha seriedad y el señor Lee removió la olla, y entre todos, con cuatro ingredientes humildes y cuatro desconocidos, prepararon la mejor cena que ninguno de ellos recordaba. Después jugaron a las cartas a la luz de la única vela, contaron historias que no pensaban contar y se rieron hasta que Pia se durmió con la cabeza apoyada en el brazo de su hermano.
Al amanecer la nieve paró, y las luces de un equipo de rescate aparecieron en el camino, más abajo, pequeñas, amarillas y firmes. Antes de bajar, el señor Lee propuso que volvieran a encontrarse todos en el refugio, y nadie necesitó que se lo pidieran dos veces. El verano siguiente, había otra vez cuatro sacos de dormir en el refugio.