Mi vuelo se retrasó tres horas y, cuando por fin llegué a la estación, el último tren ya se había marchado. Un hombre de la taquilla comentó que todavía circulaba un viejo autobús nocturno hasta la costa, así que compré un billete y subí, cansado y molesto con el mundo entero.
El autobús olía a naranjas y a gasóleo. Una señora mayor, sentada al otro lado del pasillo, pelaba una, y sin decir palabra me ofreció la mitad. Al fondo, dos estudiantes tocaban muy bajito una guitarra destartalada, y el conductor, que parecía saberse todas las canciones del mundo, tarareaba con ellos. En algún punto, pasado el último barrio, me di cuenta de que había dejado de estar enfadado.
A las tres de la madrugada nos detuvimos en una cafetería de carretera con una única luz zumbante. Unos desconocidos compartían una olla enorme de sopa como si nos conociéramos desde hacía años. Poco antes del amanecer, el conductor abandonó la carretera principal. «Nadie se pierde esto en mi autobús», dijo, y aparcó en lo alto de un acantilado sobre el mar. Nos quedamos de pie, con frío, viendo salir el sol en un silencio absoluto. Llegué a la costa con horas de retraso, pero con la mejor historia que había tenido jamás.