Una mañana de nieve, un único guante rojo yacía en el puente, brillante sobre el blanco, como una pequeña bandera caída. Un niño que iba al colegio lo recogió y lo colgó de la barandilla para que su dueño pudiera encontrarlo. Más tarde una mujer que iba deprisa al trabajo lo vio y lo movió a una farola, un poco más arriba, donde se veía desde más lejos. Al día siguiente el panadero, que pasaba por el puente de camino a abrir la tienda, lo prendió en una valla con una nota: «¿Es suyo?».
Pasaron las semanas y la nieve se derritió. Un día de primavera una niña llamada Noor pasó junto a la valla y se detuvo. Reconoció el guante enseguida: era de su abuelo. Lo había perdido en invierno, pero le daba vergüenza decirle a nadie que lo echaba de menos. Noor se lo llevó a casa y se lo puso de nuevo en las manos, y él no dijo nada, solo le dio unas vueltas, como comprobando que estaba entero. Ninguno de los desconocidos que habían movido el guante llegó a saber cómo acabó la historia. Aun así, era una buena historia, y cada uno de ellos había escrito una línea.