Pip era un pequeño robot jardinero, y su programa era sencillo: cultivar tomates. El anciano señor Haruki había comprado a Pip para que cuidara la azotea de su edificio, donde él y su esposa solían cultivar flores juntos. Todas las tardes el señor Haruki se sentaba al sol con una taza de té y hablaba con Pip. Hablaba del tiempo, de las noticias y, cada vez con más frecuencia, de Emi, su difunta esposa, a quien le habían gustado los girasoles más que cualquier otra flor del mundo y que, según decía, habría encontrado ridículo a un robot y lo habría adorado enseguida.
El programa de Pip decía «Solo tomates», pero con los meses Pip aprendió a hacer preguntas. «¿De qué color?», preguntaba. «¿Qué era lo que más le gustaba?» El señor Haruki respondía a todas, y poco a poco su voz se fue aligerando, como si cada respuesta le quitara algo pesado de los hombros. Una primavera, Pip encontró el viejo tarro de semillas de Emi al fondo de una estantería y, sin que nadie se lo pidiera, plantó una fila de girasoles a lo largo del borde de la azotea.
En julio, el señor Haruki subió la escalera y vio las flores amarillas, altas, brillantes y algo torcidas, que volvían la cara hacia el sol. Se sentó sin decir palabra y permaneció en silencio mucho rato. Luego dijo: «Gracias, Pip». Esa noche Pip escribió en su registro: «Error: ninguna tarea asignada. Resultado: felicidad».