El sábado Leo llevaba una tarta de chocolate en una bolsa negra a la fiesta de los noventa años de su abuela Rosa, a la una. En el mismo tranvía iba Hana, que toca la tuba. Su tuba iba en un estuche negro, y su concierto también empezaba a la una.
El tranvía iba lleno, y los dos hablaban por teléfono. Dejaron las bolsas en el portaequipajes, y cada uno se fue con la equivocada.
A las doce y media Hana abrió su estuche y encontró una tarta y una tarjeta: «Para Rosa, 90 hoy. Llama a Leo». En el mismo momento Leo abrió su bolsa y encontró una tuba. Se llamaron. «¿Tienes mi tarta?». «¿Tienes mi tuba?». Quedaron en la fuente a la una menos diez.
Leo corrió con la tuba a la espalda, y Hana corrió con la tarta delante de ella como un bebé. Cambiaron las bolsas. A la una, Hana tocó su primera nota, y Leo entró con la tarta. «En noventa años», dijo Rosa, «nunca me había divertido tanto. El año que viene yo también quiero una tuba».